lunes, 30 de mayo de 2016

Este es el año de la paz en Colombia

Granma entrevistó a Jorge Enrique Botero, uno de los periodistas colombianos que mejor conoce el conflicto armado en su país 

Autor Laura Bécquer Paseiro
Irrumpimos en su apartamento en pleno corazón del Vedado capitalino en una mañana en la que el calor casi derrite las calles.  “Pasen, son bienvenidos”, dice Jorge Enrique Botero, uno de los periodistas colombianos que mejor conoce el conflicto armado en su país y que accede a una entrevista con Granma.
“Estaba en lo de mi libro”, comenta al se­ñalar una pequeña laptop. Se titula Diario del fin de una guerra y trata sobre las conversaciones que desarrollan en La Habana las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Co­lombia-Ejér­cito del Pueblo (FARC-EP) y el gobierno de Juan Manuel Santos.
Rompe el hielo aclarando que su única “condición” es que se dialogue porque sabe lo perturbador que puede ser entrevistar a un periodista. Antes de iniciar la conversación se cambia la camisa, para “ponerse bonito para las fotos”. Acomodándose en el sofá comenta: “soy esencial y básicamente un reportero”.

Ahí detalla las vicisitudes del periodismo en su tierra. “El reportero en Colombia está expuesto a una cantidad de peligros tremendos. Tuvimos el muy deshonroso primer lu­gar del país más peligroso para ejercer esa pro­fesión. También vivimos un éxodo masivo hacia Bogotá de periodistas que cubrían zonas de guerra y otros que eran amenazados”, cuenta.

Sin embargo, cuando se le recuerda que un coterráneo suyo dijo que el periodismo era “el mejor oficio del mundo”, señala: lo diré yo que llevo 40 años en esto: “Toda una vida”.
Este es el pie, no tan forzado, con el que Botero comienza el relato. “Como reportero he cometido errores aunque no me arrepiento de lo que he hecho.

Tengo varias críticas por haber ingresado, digamos, al otro lado de la guerra; por haber contado lo que pasaba en plena selva. Me acusaban, entre otras cosas, de invadir la privacidad de las personas en cautiverio, de hacerle apología a la guerrilla”.

El olor a café colombiano pausa el diálogo. El aroma invade toda la sala decorada con cuadros y artesanía típica colombiana que se mezclan entre libros y anotaciones regadas por los rincones. Entre los títulos sobresale La vida no es fácil, papi donde narra la historia de Tanja Nijmeijer, la guerrillera holandesa de las FARC.
“No tomo café”, dice burlándose. “Es lo más grande. Un periodista que no toma café. También soy el único Botero flaco”, afirma re­firiéndose al famoso pintor colombiano Fer­nando Botero cuya obra se distingue por la voluptuosidad que refleja.
Retoma la conversación que fluye mejor gracias a la exquisita bebida que no amaina el calor, pero viene muy bien. “Yo lo que hice fue, por sobre todas las cosas, documentar una realidad que a duras penas se conocía y nadie había mostrado”.

EN EL VERDE MAR DEL OLVIDO
 
Botero es de los periodistas que más veces ha estado en el mismo corazón de la selva colombiana, epicentro del conflicto que azota esa nación hace más de cinco décadas.
“Para llegar a los campamentos guerrilleros hay que hacer verdaderas travesías en condiciones físicas muy extremas”, cuenta insistiendo en la palabra “esfuerzo”. “Puedes estar días caminando o a lomo de mula en terrenos difíciles”.

“Antes, debes tener la autorización de la fuente, en este caso las FARC”, comenta inclinándose y dispuesto a detallar el inicio de lo que podría haber sido un tormento para cualquier otro colega que pretendiera mostrar por primera vez en la televisión colombiana imágenes reales de la guerra.
“Yo obtuve el permiso porque quería hacer un reportaje para la cadena en la que trabajaba (Caracol). Mi intención era comunicar la vida de los militares y policías que la guerrilla tenía en cautiverio. Eran 500 en total. El trabajo se llamó En el verde mar del olvido. Fui censurado y lo denuncié. Como consecuencia, me despidieron”.

“Pasó una década antes que pudiera ejercer en ningún medio colombiano. Empezó la parte del periodismo “independiente”. Me dieron una plata por haberme despedido y con eso me compré mis propios equipos y monté mi empresita llamada Tv Mula, televisión del mundo latino. Con ella sobreviví varios años”.

A pesar de ser censurado, Botero siguió trabajando “porque había que documentar lo que estaba pasando”. Comenta orgulloso que uno de los reportajes que hicieron en ese proyecto recibió el premio de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. El galardón se lo otorgó García Márquez en México por un reportaje llamado Cómo voy a olvidarte, con el que volvía tras los rostros del conflicto. En esta ocasión narraba la historia de un coronel de la policía y su familia en cautiverio. Le siguió la pista a su familia durante mucho tiempo y logró juntarlos a través del video en un momento que describió de “fuerte y emotivo para todos”.
Sobrevivió gracias al archivo que juntó y se volvió su sustento. Así estuvo hasta que se fue para Telesur.

TELESUR: EL HIJO PRÓDIGO SIEMPRE REGRESA A CASA
 
Cuando empieza a hablar de su experiencia en la multiestatal latinoamericana Telesur se refiere como “la experiencia periodística más hermosa” que ha tenido en su vida. “Bueno, no. La verdad es que se la disputa Prensa Latina”, dice abriendo un paréntesis en la conversación para contar los años (de 1986 a 1991) que laboró en la agencia de noticias con sede en La Habana.

“A Telesur llegué de manera inesperada”, narra retomando el diálogo inicial. “Vine a un congreso de periodistas latinoamericanos aquí en Cuba. Al tercer día se apareció Fidel y nos tuvo hasta la medianoche prácticamente “hipnotizados”. “Él (Fidel) comentó algo así como: 'chico yo no entiendo por qué no existe una CNN latinoamericana', y nos dejó pensativos a todos. Fue cuando un grupo de periodistas encabezados por Aram Aharo­nian, uruguayo de origen armenio que vivía en Venezuela y era muy cercano a Hugo Chávez, le dijo:'¡mire lo que dice su “papá” Fidel!' Y Chávez ahí mis­mo aseguró: 'bueno dime que se necesita y hablamos'”. “Ahí nació Telesur”.

Botero cuenta que estaba en Colombia cuando lo llamaron para el proyecto. Con cinco personas diseñó el canal trabajando día y noche. Luego entró en la fase de producción y para ello viajó por todo el continente buscando periodistas o que fueran corresponsales en sus países.
Chávez vino un día y nos dijo que quería que la primera edición saliera en el aniversario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar un 24 de julio. “¡Imagínate! Había que moverse”, señala exaltado.

Estuvo solo dos años en esa experiencia que cataloga de “formidable” y después re­gresó a Colombia a hacer lo que más le gusta: reportajes y documentales.
Luego lo llamaron de nuevo para que fuera Jefe de Información del canal. “Dicen que el asesino siempre regresa a la escena del crimen, o mejor, que el hijo pródigo siempre regresa a casa”, ríe. “En esta nueva etapa me sentí muy a gusto. Me tocó cubrir la campaña electoral de Chávez”. Interrumpe de nuevo el diálogo y se pone serio, por primera vez en las casi dos horas de entrevista, para hablar del líder bolivariano: “Verlo haciendo ese esfuerzo sobrehumano para mantener viva aquella llama y ver a la gente desbordada expresando sus sentimientos por él fue algo muy emocionante, pero a la vez doloroso. Uno veía que la enfermedad (el cáncer) no se iba y él seguía firme”.

—¿Y cómo lo recuerda?

—Tenía una calidez que no te puedes imaginar. Un abrazo de él era recibir una fuerza estremecedora. Es un privilegio que le agradezco a la vida.

CLAVES DE UN CONFLICTO
 
La experiencia profesional de Botero viene dada, sobre todo, por su conocimiento del conflicto colombiano. Cuando anunciaron que se desarrollaría un nuevo proceso dice que vino a La Habana porque vio que “la paz estaba muy cerca”.
“Primero lo cubrí para un portal que se llama Las 2 Orillas y ahora para un noticiero de televisión que se llama Red + Noticias”, asegura.

Antes de responder por qué esta guerra se ha dilatado tanto en el tiempo, asume una posición de catedrático que se dispone a explicar algo que ha sido parte de su vida. “El conflicto colombiano pudo haberse acabado desde mucho antes, pero nosotros tenemos una clase dirigente excluyente que apela con enorme facilidad a la violencia”.
Se toma un minuto para ordenar las ideas y cuidar no se le escape ningún detalle. “Cada vez que se intentó buscar una salida al conflicto surgieron fuerzas tremendamente oscuras que impedían que las cosas se dieran. Por ejemplo, entre los años 1982 y 1986 las FARC intentan fundar un partido político producto de un diálogo con el Gobierno” (proceso de paz iniciado bajo la presidencia de Belisario Betancour).

“Ese Partido llamado Unión Patriótica fue exterminado, barrido de la faz de la tierra, ¿cómo se puede asesinar a un partido completo?”, se cuestiona mientras acota que eso pasó por la ola de violencia y agresividad sin límites palpables en su país.

Botero compara la guerra y sus efectos con una gran bola de nieve que va creciendo a medida que se desliza: “con el tiempo las FARC se convirtieron prácticamente en un Ejército con un enorme poderío militar y una gran capacidad de golpear al adversario. Ob­viamente, para frenarlas el Ejército colombiano comenzó a parapetarse con las mejores técnicas militares”. Es cuando te das cuenta que hay una confrontación bélica que no tiene cómo frenarse, señala. A todo eso se le sumó la cuestión del narcotráfico, usada —a su juicio— por Estados Unidos para justificar su presencia militar en Colombia. Sin embargo, es optimista y habla de la guerra en pasado: “esta es la única confrontación en la cual nadie perdió y el gran ganador es Colombia”.

LA ANHELADA PAZ
 
A sus 60 años este colombiano sigue soñando, prácticamente todos los días, con ver a su tierra respirando paz. La paz se firma en La Habana, dice con una seguridad que despeja cualquier duda de su argumento.

“Yo tengo dos nietos, Martina de dos años, que ya no verá la guerra y Enmanuel, de 12 que le ha tocado palpar bastante. Nos vamos a pasar dos generaciones cerrando las heridas y construyendo un nuevo espíritu de convivencia”, señala insistiendo en que es un proceso que será difícil.
“En Colombia habita una cultura de la violencia y eso no se quita de la noche a la mañana firmando un papel. Por un decreto una sociedad no se vuelve ordenada”, comenta. No obstante, expresa que la firma de la paz traerá grandes beneficios a una sociedad tan magullada por la guerra; sobre todo para los campesinos, el sector más marginado. También vendrán más fuerzas políticas, una solución al problema del narcotráfico, un nuevo escenario mediático, entre otras cuestiones, afirma.
Su optimismo se vuelve ahora una preocupación. Botero confiesa tener “mucho miedo de que esas fuerzas oscuras contrarias al proceso se froten  las manos e intenten vengarse al saber que habrá algunos guerrilleros circulando por las calles”.

Sin embargo, retoma su estado natural de fe en la paz y anuncia, un poco más serio, que “cuando se firme esa paz, Colombia debería hacer un monumento a Cuba en agradecimiento eterno al papel que ha cumplido como anfitrión y garante del proceso de paz”.

“He sido testigo de la entrega del Gobierno cubano con el proceso. La logística para que todo funcione bien, el esfuerzo de los garantes para solucionar los problemas que han existido en la Mesa de Conversaciones, incluso el afecto y la generosidad que reciben las delegaciones de paz.
“No podría haber mejor lugar en el mundo que La Habana para estos diálogos. Este es el año de la paz de Colombia”, sentencia y culmina un diálogo de casi dos horas que ni el sofocante calor pudo entorpecer.